La música de Rogelio Groba
Rogelio Groba se ha convertido en uno de los más fecundos creadores españoles. Entre sus más de 300 obras catalogadas encontramos ocho cantatas, seis sinfonías, cinco óperas, una «misa gallega», un réquiem, catorce conciertos (tres para orquesta, cuatro para violín, dos para piano, dos para cello, uno para viola, otro para flauta, y otro para clarinete, además de Ocho microconciertos para violín, cello y cuerda), y un sinfín de música orquestal, de cámara, suites, sonatas, canciones, música para piano, para dúos, tríos, cuartetos, quintetos, música coral, para banda... Toda esta producción podría recopilarse en cuatro etapas diferenciadas.
La primera de ellas, a la que podríamos llamar «de juventud», abarcaría sus composiciones iniciales desde su primera obra catalogada hasta el ciclo Cantigas do Miño, de 1958, o el Cuarteto nº 1 «Galaico» (1961).
La confianza que proporciona esta etapa creativa le lleva a iniciar una nueva singladura que se prolongará durante toda la década de los 70, en la que Groba profundiza en esa misma línea aunque ampliando el abanico a obras de mayor envergadura y complejidad orquestal. El punto de inflexión es la composición, en 1972, de la cantata Nova Galicia, todo un reto por lo que supone de novedoso en el mundo musical gallego la búsqueda implícita de un lenguaje de profundas raíces étnicas pero de valor universal. Esta será una de las principales características de la obra completa de Groba: la composición de obras de raíz folclórica dotadas de características universalistas para que resulten asequibles a públicos de distintas latitudes.
Esta etapa no supone el abandono de las obras para banda o para coro, que seguirá componiendo a lo largo de toda su vida, aunque sí la búsqueda de nuevos caminos. Tras la cantata vendrán nuevas composiciones de carácter sinfónico, como el díptico Cruñesas (1973); los cuartetos Lla-Fa (1974), Diabolus in musica (1975), y Tensiones (1980); los conciertos para piano Malleus animatus (1974) y Coexistencias (1979), para flauta Concierto gulansés (1979) y para violín Nemet (1981); la sonata Mímesis (1981), la «suite barroca» Intres boleses (1978), las cantatas In memorial Manuel de Falla (1977) y Cantigas de mar (1981), así como sus primeras composiciones para piano: Pandeirada (1974), Soatiña (1974), Iniciación al piano (1976), Galecia (1980) o Tipoloxías (1982).
La entrada en los años 80 parece suponer una nueva perspectiva. Nace una etapa de plena madurez creativa que ya se venía anunciando desde Nova Galicia. Es como si Groba se hubiese encontrado a sí mismo y se inicia en la composición de obras de gran envergadura.
En la década de los 80 y 90 se inicia una fecunda etapa creadora en la que nacen obras de gran envergadura. Es el caso de sus cinco sinfonías: Lúdica (1983), Bucólica (1984), Épica (1988), Christmas Symphony (1989) y Mágica (1990), así como la Sinfonía para cuerdas (1996); o sus cinco óperas: Divinas Palabras (1987), María Pita, la fuerza de la libertad (1991), Caminos de Rosalía (1994), Floralba (1998) y Pedro Madruga, nuestro Rei (2001); y otras composiciones de gran calado como los ballets Metaphoras (1985) y Galicia. Danzas meigas (1997), los conciertos para violín Confidencias (1986) y Res, non verba (1994), para dos violines Concierto arcaico en Re (1988), para cello Fauno (1992) y Añoranzas (2002), para orquesta Ophiusa (1996) y Ostinato (2001), y para clarinete Koncerto klásico (1998); las cantatas Mandatum (1986), Ángeles de Compostela (1989), Cantata de mayo (1989), Gran Cantata Xacobea (1992) y Corpus en Ponteareas (1995); las sonatas Diálogos (1987) y Laxeiriana (1991), las suites San Xián (2003), Suite celta (2003) y Grovios (2004), la misa gallega Corpus Christi (1991), la colección Danzas antiguas (2003), o el réquiem Samaín. Réquiem gallego (2003).

Este trabajo orquestal se complementa, además, con un profundo estudio de la música folclórica gallega que fructifica en numerosas composiciones, especialmente para coro, como las colecciones Galicia cantada (50 canciones gallegas, 1983), Veinticuatro alalás (1984), Tres cantos de arriero (1985), Ocho canciones antiguas (1997) y sus Ocho microconciertos (para orquesta de cámara, 1997), Coplas campesinas (2000), o Sete cantigas sen verbas (para piano, 2003), y un gran número de obras sueltas inspiradas por el rico patrimonio musical gallego.
Esta tercera y prolífica etapa vendría desarrollándose en paralelo, desde mediados de los años 90, a una cuarta en la que, tras más de 40 años dedicados a la composición y aún sin haber abandonado su faceta creativa, Rogelio Groba se retrotrae a épocas pasadas para revisar algunas de sus composiciones más interesantes. Algunas de esas revisiones se han traducido en nuevas versiones para formaciones orquestales diferentes (una constante a lo largo de su carrera), pero otras han regresado a su taller creativo original para salir pulidas, como es el caso del concierto Nemet, la cantata Nova Galicia, el Concierto gulansés, o su primera composición, Añoranzas de juventud, entre otras.
El propio Groba, cuando habla de su obra, descarta la posibilidad de identificarse con un único estilo estético en su trabajo compositivo, insistiendo en que será la temática elegida en cada momento la que exija un enfoque propio a cada obra. Aún así, acostumbra a diferenciar entre dos estilos diferentes: uno clásico, tradicional, al que él denomina «in modo antico» (subtítulo de varias de sus composiciones), más asequible y directo, y un estilo que podríamos denominar puramente «grobiano» articulado sobre el intervalo de quinta disminuida, una especie de trazo sonoro similar al pictórico de Van Gogh, que es donde rezuma el verdadero Groba valleinclanesco, expresionista, sentimental, con un profundo calado romántico. |